10 comentarios sobre ‘Working class hero’ de Walter Lezcano

Vidas grises

Una compilación de cuentos sobre nenes bien de Martín Kunik y uno de poemas sobre nenes mal de Walter Lezcano, el balance perfecto.

 

Mi hermana la segunda dice que todas las chicas que hicieron danza alguna vez tienen el vicio de repetir con un lado del cuerpo todo lo que hicieron con el otro. Si te estuviste rascando la cabeza con la mano derecha un rato largo, te la rascás con la izquierda, para que no te quede un lado más trabajado que el otro. Podría explicarle que ese es más un rasgo de neurótica obsesiva que otra cosa, pero yo creo que el psicoanálisis es como la cocaína, mejor no hacérselo probar al que todavía no tuvo el gusto, y menos que menos, a tu hermana. Como yo también hice algunos años de danza, cuando decidí que reseñaría la antología Nenes bien. Historias de jóvenes privilegiados me puse a buscar un libro en el extremo opuesto del espectro socioeconómico para hacerle compañía. Recordé que Walter Lezcano había sacado una novelita pero finalmente él mismo me mandó otro libro, un libro de poemas, cuyo título parecía una señal del universo. Así que vamos con eso, Nenes bien. Historias de jóvenes privilegiados, selección de Martín Kunik, y Working class hero, de Walter Lezcano.

 

Nenes bien. Historias de jóvenes privilegiados, autores varios, selección de Martín Kunik (Edhasa)

No me tentaba, en principio, la premisa de Nenes bien; la idea de que las historias sobre las infancias y adolescencias privilegiadas nunca se habían contado me parecía sencillamente falsa (aunque, en su favor y en mi contra, prácticamente no se me ocurrían ejemplos). Era más bien un resentimiento personal, o de clase: me molestaba que esa gente que presume de hablar un inglés mejor que el mío y de tener descontroles más intensos que los míos (siempre en yates, con drogas de diseño y personas que esperan que reconozcas, supuestas modelos de los 90 o grandes empresarios que no, nunca me suenan) encima pretendiera tener mejores historias que yo. Si una logra dejar todo ese lado el libro se deja leer muy bien, casi en el sentido opuesto. No tanto como “la oscuridad de las clases altas” sino más bien todo lo contrario: lo gris de las clases altas. Sus vidas son tan interesantes o no interesantes como las de cualquiera. También tienen problemas de plata (en Nenes bien hay muchos venidos a menos o hijos de clasemedieros con ínfulas), muertes en la familia, padres abandónicos, alcohólicos o violentos, peleas, amores, desamores, primeras veces. Y la premisa funciona bien, en términos literarios, porque permite (en la mayoría de los cuentos, en los más logrados) que los mundos que las narraciones producen no sean genéricos. El problema del narrador que no puede disimular la vergüenza de clase de su autor suele ser ese: le quita a sus mundos las marcas que los hacen especiales, intentando disfrazar o suavizar, terminando en personajes y espacios que nos nos interesan porque no son los de nadie, de nadie real ni de nadie ficticio. En Nenes bien no hay casi nada de eso (y no mucho, tampoco, de la opuesta, el “orgullo de clase”, el que piensa que su mundo es interesante por sí mismo, que alcanza con tirar referencias) y por eso el libro nos regala algunas historias maravillosas.
Los mejores cuentos de Nenes bien, o los que más me gustaron, son aquellos que eligen desarrollar un momento, más que describir hábitos (con la excepción del cuento de Mairal, que hace exactamente esto último pero por honesto y breve es muy efectivo). Diría que son “Safari” de Matías Amoedo y “Hordas irlandesas en Palacio” de Juan Forn los que mejor aprovechan la propuesta. Ambos se animan a la escena (una pelea, en el caso de “Safari”; una desopilante cena de ex alumnos, en el de “Hordas irlandesas en el Palacio”), al pretérito perfecto más que al imperfecto, pero recogen (a través de flashbacks, flashforwards, descripciones, monólogos interiores o caracterizaciones de personajes) esa dimensión diacrónica que es la característica más interesante, narrativamente, del mundo de los chetos: que es gente que conocés en la primaria pero que te acompaña toda la vida, de un modo o de otro. Siempre conocés su paradero, escuchás algo, leés algo, aunque no sean tus amigos ni los sigas viendo, alguien te va a hacer un comentario porque el que no se vuelve una persona notable tiene un hermano notable o un marido notable o una prima que se casa con un notable. Y en las reuniones de ex alumnos, en los casamientos y en los casamientos de los hijos de los casamientos, en todos esos lugares el clima del colegio se recrea, se sostiene: los rugbiers son un poco rugbiers para toda la vida y los no rugbiers también. Las desapariciones completas son raras (en “Safari” se cuenta una y de hecho ocurre con alguien que parece haber sido un desclasado ya en el colegio, un becado o charity case): casi todo el mundo “sigue ahí”. No sé qué tan en claro tienen los habitantes de ese mundo que eso no es lo normal, que la mayoría no sabemos en qué anda casi ninguno de nuestros compañeros de la primaria y la secundaria (o no lo sabíamos antes de Facebook) pero muchos de los autores del libro lo explotan muy bien. Otros elementos (el descontrol que me daba bronca a mí, la tradición irlandesa del catolicismo y el alcohol, el deporte, la fantasía con las mucamas) también están bien aprovechados en el texto para colorear relatos de iniciación, de primer amor, de amistad o de puro circo. Como oportunidad para leer a algunos escritores que ya conocemos y queremos y para conocer a algunos más novatos, Nenes bien es una ventana divertida y, reconozco, original.

 

Working class hero, de Walter Lezcano (El ojo del mármol)

Vivimos una época maravillosa para la poesía. El ritmo del verso les vino bien a los griegos para recordar historias que no se escribían, y nos viene muy bien a nosotros que nos comunicamos con epigramas, por mail o por twitter o por facebook o por whatsapp o por donde se pueda. Debe ser por eso que está (en un micromundo, pero está) de moda, que se siguen haciendo lecturas, que se hacen los slams y todas esas cosas. En la poesía argentina de los últimos años, además, lo que se “usa” es contar historias. Con imágenes, con recursos, con caminos que se bifurcan, pero mi sensación es que es una poesía mucho más concreta que la de otras épocas, que está, como la narrativa, al servicio de la necesidad de los tullidos, de los aparatos, de los losers (si los escritores son losers los poetas son los losers de los losers) de decir lo que tienen para decir. El libro de Walter se trata, también, un poco de esto: es un grito desgarrado pero muy bajito, un grito de guerra susurrado al oído.
Reloj de arena

En principio se me había ocurrido solo por el título, pero Working class hero es el complemento perfecto de Nenes bien. De forma explícita en este caso, Walter trabaja (como ya lo hizo en el maravilloso Los wachos) con esta misma idea de que la mayoría de las vidas son más grises que negras, incluso aquellas que parecen negras como las de “los pobres”. En una parte utiliza el cargadísimo sintagma “problemas reales”, riéndose como un payaso triste de esa idea clasemediera de que los progres no se preocupan de las mismas tonterías que nosotros los normales porque tienen asuntos más graves que atender (Quiero llamar a alguien para contarle que no tengo internet/ y que tengo problemas reales/ y que me quiero mudar/ y que no puedo ser feliz./ Pero esas son cosas que la gente ya no hace.). En el fondo es aún más triste: la gente que no sabe si va a tener dónde vivir y si va a poder llevar a los chicos al colegio también se angustia por la chica que no se puede coger y porque se le cayó la conexión. Son preocupaciones sumadas, no sustitutas: la pobreza no te da de por sí ninguna sabiduría necesaria como para no angustiarte por estupideces. Walter trabaja con y contra el sentido común progre pero no hace antiprogresismo: plantea preguntas, y preguntas dolorosas, con humor pero sin cinismo (de forma magistralmente sencilla en un poema hermoso sobre su experiencia como docente: El progresismo siempre fue un lujo./ Como andar en skate/ o ir a la iglesia/ o comer asado los miércoles. // Ahí viene la pregunta otra vez:/ “¿para qué mierda sirve estudiar, Profe?”/ Ya no sé qué responderles./ Los pibes se ríen./ Uno agrega:/ “Le re cabio, eh”/ ¿Qué carajo significa eso?/ Me río./ Aunque no sea gracioso en absoluto.//), angustiantes y honestas. Como en casi todo lo que es hermoso, en Working class hero hay espacio para la redención: la escena con su mamá en la peluquería, o con el poema “Los huerfanitos”, en el que cuenta una salida al cine con su sobrinito que estuvo tan buena que casi no se acordaron que era el día del padre. Ahí fue que pensé en esa característica del universo cheto, que nadie desaparece: el mundo del que habla Walter es exactamente opuesto en ese sentido. Hay algo de “el barrio”, de la fantasía costumbrista de conocer a los hijos del verdulero, pero a la gente se la traga la tierra todo el tiempo, se la chupan agujeros negros que no la escupen más. Los espacios cambian todo el tiempo: no hay casas que se heredan de generación en generación, casas que se denominan por el nombre de la calle porque como tenemos muchas casas nos referimos a ellas como “el departamento de Billinghurst” o simplemente “Juncal”. Hay pensiones, inquilinatos, provincias enteras (Corrientes, en el caso de Walter) que desaparecen detrás de nuestras espaldas al mudarnos. Walter trabaja con eso, hace de eso su poesía y aprovecha la orfandad del verso, del sinsentido de la poesía, para pasarnos no tragedias estridentes sino apenas un poquito de esa sensación de arena movediza que parece ser —si la inmanencia era la maldición de los ricos— la maldición de los pobres.

 

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