‘Poetas editores’, mención a Valeria De Vito

Poetas editores: creación por partida doble

Puentes. La edición de poesía crece en sellos dirigidos por quienes escriben en ese registro.

 

En una época se sostenía que las editoriales publicaban best sellers para sostener colecciones de literatura de calidad. Los novelones de escritores y los libros de coyuntura se justificaban porque permitían la edición de la obra poética de Silvina Ocampo, Carlos Mastronardi o Joaquín Giannuzzi. Verdadera o no, esa presunción hoy sería considerada absurda por los gerentes comerciales de las grandes casas editoriales. “La poesía no vende”, se afirma. Se apuesta entonces por lo seguro: la obra poética de Jorge Luis Borges, Juan Gelman o Alejandra Pizarnik.

Por ese motivo, la edición de libros de poesía contemporánea en el país se circunscribe cada vez más a sellos chicos, independientes y artesanales. Muchos de los que asumieron la tarea de editores para la difusión de poetas nacionales y extranjeros son, a su vez, poetas. En la tradición de dos poetas editores como José Luis Mangieri (La Rosa Blindada y Libros de Tierra Firme) y Víctor Redondo (Último Reino), varios poetas realizan un trabajo invalorable. Dolores Etchecopar, María Mascheroni y María del Carmen Colombo, en Hilos Editora; Mariana Kruk en Peces de Ciudad, Valeria De Vito en El Ojo del Mármol, Alejandrina Devescovi en Botella al Mar, Julia Enríquez en Danke, José Di Marco y Pablo Dema en Cartografías; Javier Cófreces en Ediciones en Danza, Carlos Aldazábal en El Suri Porfiado y María Belén Aguirre en La Eterna son sólo algunos de ellos. Ésas y otras editoriales aportan materiales líricos de estéticas y procedencias diversas.

 

Como una red

Otra poeta editora de poetas es Silvina López Medin. Desde su sello Ugly Duckling Presse, una editorial independiente con sede en Nueva York, traduce, edita y difunde a poetas. “Para un poeta editar a otros, así como traducir a otros, es un alivio. Es correr el yo, buscar que el otro aparezca para que otros lo lean”, dice la autora de 62 brazadas. El catálogo de su sello incluye libros de poetas emblemáticos en lengua española, poco conocidos en Estados Unidos, y una serie bilingüe de poesía latinoamericana contemporánea. También desde Nueva York, Mercedes Roffé hace un trabajo similar con Pen Press. Ejemplares de ambos sellos ya se encuentran en algunas librerías del país.

Durante 2016, Pablo Gabo Moreno, editor de Caleta Olivia, publicó doce libros de poetas nacionales, entre ellos, Florencia Minici, Lucas Soares y Marina Mariasch. “Hay que desacralizar eso de que el editor es un lobbista’ -señala-. Porque no producimos nada. Editar a otros es, meramente, un ejercicio de aprendizaje y a la vez una forma de establecer un vínculo que excede lo literario. Caleta Olivia es una editorial de fondo que vende sus libros boca a boca, y eso es la decantación de un trabajo conjunto con el autor.” Para destrabar lo que Moreno denomina “el circuito oligopólico” de la distribución de libros, que representa un costo elevado para las editoriales chicas, creó Sigma, una distribuidora que, en principio, se ocupará de que los títulos de su editorial estén en diversos puntos. “Cada libro debe ser una experiencia particular y buscamos a los autores que nos interesan -comenta el autor de Colorblind-. Hoy hay urgencia de parte de los autores para publicar, pero el catálogo debe sustentarse con tiempo.”

Enrique Solinas colabora con Liliana Díaz Mindurry en Ruinas Circulares, donde se publicaron libros de Irene Gruss, Daniel Freidemberg y Susana Villalba, entre muchos. Como poeta, tiene un título reciente, Barcas sobre la zarza ardiente (Ediciones del Dock). “Editar a otros escritores es un placer del que no me voy a privar nunca, ya que es la posibilidad que tengo de difundir a escritores que considero de gran calidad y que además me gustan, no sólo de nuestro país, sino también del exterior -indica-. Durante mucho tiempo, el editor no escribía públicamente; lo que lo caracterizaba era que se trataba de un gran lector, alguien que tenía la capacidad de captar el gusto del gran público.” Hoy en día, muchos editores desarrollan en simultáneo una obra poética. “Casos como el de Juan Sasturain, Dolores Etchecopar, Luis Mey o Mónica Sifrim son claros ejemplos de que el trabajo de editor y la profesión de escritor son totalmente compatibles”, agrega Solinas. Para él, desarrollar un catálogo editorial es un trabajo en el que se ponen de manifiesto diferentes mecanismos, algunos incluso imperceptibles. “Basta con echar una mirada al catálogo de cualquier editorial de poesía para darse cuenta de la intención de sus editores”, sugiere.

“Construir el catálogo de Santos Locos se fue dando de manera intuitiva -dice Marcos Gras-. Somos ante todo poetas y organizadores de ciclos de lectura como Santa Poesía o Mas Poesía y Menos Policía y es ahí donde veíamos a autores que a nuestro entender debían publicarse y no lo lograban. Ése fue el puntapié inicial.” Santos Locos publica una serie de libros artesanales de poetas argentinos y de América Latina con un lema rotundo: “Poesía de hoy para leerse hoy”. Editar a otros poetas, según el autor de Semana laboral, es difícil “porque uno se plantea muchas preguntas a la hora de encarar los textos, hay que dejar de lado al colega y saber que el rol del editor es totalmente diferente. En cierto punto, editar es como escribir. Si uno no deja que el texto respire, se termina por ahogar, pero si respira demasiado se corre el riesgo de que se vuelva estéril o vacío”.

Viajero Insomne es un sello de creación reciente, que ya lleva publicada una docena de libros de poesía en la que se entrecruzan diferentes poéticas: lirismo negro, poesía social, neorrealismo filtrado por una entonación local. Sus ediciones son de colección. Osvaldo Bossi, poeta y docente, es uno de los editores. “Nunca olvido mi condición de autor en el momento de editar -confiesa-. Conozco los padecimientos y ansiedades, y las alegrías, claro, por las que pasa un autor en el momento de publicar. Y trato, por eso mismo, de que todo sea más amable, menos tortuoso. Con Jorge Núñez, que también es poeta, trabajamos de esa manera.” ¿Ese trabajo influye en su escritura poética? “Afecta, sobre todo, en mi condición de lector. Estar al tanto de lo que se escribe actualmente es una buena manera de aprender y de salirse un poco de uno mismo. Eso siempre es bueno”, sostiene Bossi, que reeditó en 2016 Fiel a una sombra.

La editorial Gog y Magog ya lleva publicados casi cien libros en trece años de trayectoria. El año pasado, recibió merecida atención al publicar libros de poemas de Sharon Olds y Francis Ponge en versiones cuidadas. Vanina Colagiovanni, Miguel Ángel Petrecca y Laura Lobov editan a poetas argentinos como José Villa, Susana Cella y Alejandro Rubio. “Como poeta me interesa editar todo lo que me da ganas y pasión por leer -dice Colagiovanni-. Eso incluye a poetas de mi biblioteca que ya no se consiguen y de los que hacemos reediciones, poetas nuevos que nos interesan y poetas de otras lenguas hasta ahora desconocidos en español, muchas veces acercados por sus traductores, que son lectores apasionados y, además, poetas.” Para los editores de Gog y Magog, la fórmula de búsqueda es sencilla: “Muchas veces los poemas llevan a los poemas y los poetas llevan a otros poetas”. Mediante ese tránsito mixto que va de la escritura a la edición, los poetas que publican a poetas exploran de manera activa una región del patrimonio cultural reservada al arte de decir mucho con las palabras necesarias.

 

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